CaribeSecreto

Quiero ser famoso.


Mi vida realmente no avanzaba. Me presentaron una oportunidad y la tomé.


Cuando sepan lo que he hecho, muchos me van a criticar. Otros me admirarán.


Pero todos van a hablar de mi.


Tendré mujeres. Mujeres como Diosa Canales. Tendré poder y dinero. Mi padre estará orgulloso de mi, desde donde quiera que esté.


Lo que yo estoy haciendo

- y lo que ya he hecho - cambiará todo en Venezuela. Nada será igual.


Si no me crees, lee.


... y que Dios y la Virgen me protejan.


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Lee mis historias en orden cronológico o no vas a entender un carajo.


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Aclaratoria para quienes la necesitan - y para proteger legalmente al autor:

Las historias que cuento aquí son ficticias. Cualquier coincidencia con la realidad son éso, pura coincidencia. Soy un personaje imaginario y realmente no he hecho nada de lo que dice aquí el autor que he hecho - y él tampoco.

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  • Visita a CH en la isla - m37

    Hoy visité a CH en su cuarto en el hospital SIMX en la isla. 

    Fue un peo entrar.

    Había una cola de carros y peatones esperando a que dos soldaditos requisaran cada carro.  Uno a la vez.  Revisaban todo el vehículo.  Por debajo, el motor, debajo de los asientos, adentro de la maleta.  Todo.  Les tomaba como veinte minutos revisar un carro.   Los dos se dedicaban a revisar el mismo carro al mismo tiempo.  Y luego revisaban a un peatón.  Y luego un carro.  Y luego un peatón.  Y así iban.  Al peatón lo ponían con las manos contra la pared, y las piernas abiertas.  Revisaban sus bolsillos y ropa.  Luego lo interrogaban por unos minutos mientras miraban sus papeles.  A veces dejaban a la gente esperando y usaban un teléfono que tenían en la caseta de vigilancia para hacer una llamada mientras examinaban un documento de identificación.  Probablemente llamaban para confirmar la identidad de una persona.  Los dos hacían esto juntos a pesar de que uno podía ir revisando un carro mientras el otro llamaba.  Supongo que ser eficientes no les preocupaba.  Los dos soldados eran flaquitos.  Pero en general la gente aquí es así.  A la gente de aquí se les deberían decir ‘flaquitos’ para identificarlos y para referirse a ellos. La ropa les queda como grande, holgada.  Epa flaquito. ¿Nacionalidad? flaquito.  Mira, allí va un flaquito.  ¡ Epa flaquito ! Es un poco triste, pero es la verdad y sería práctico.  

    Tenía que entrar al SIMX y llegar al cuarto de CH, y luego salir, sin ser detectado.  No podía verme nadie, ni sospechar que alguien había entrado.  Nadie. No podía quedar ningún tipo de rastro. Nada.  Había un plan que tenía que seguir.  Lo tenía claro.  No era demasiado complicado.  Pero tampoco era así que lo puedes hacer con los ojos cerrados. 

    Entré por unos acueductos de aguas servidas.  No fue fácil ni agradable.  Pero era parte del plan y tenía que seguir el plan tal como me dijeron.  Si supiera de otra manera de entrarle al hospital, la hubiera propuesto.   La alcantarilla del acueducto fue fácil de levantar.  Me sorprendió.  No soy un tipo fuerte.  Pensé que me tomaría un buen rato - pariendo - levantar una tapa de hierro de 50 kilos.  Pero la inyección funcionó.  La levanté en el primer intento.  El suero que me inyectaron me hizo sentir más fuerte, mucho más fuerte.  Burda.  Pero no más musculoso.  Prensé los músculos como hacen los fisiculturistas.  Nunca me he sentido tan papeado.  Pero mis músculos estaban tan pequeños como siempre.  Decepción total.  Es raro.  Pero depinga.  Pensé que si golpeaba la pared de concreto le abriría unas buenas grietas.  Pero probablemente me fracturaría la mano también.  No lo intenté.  Decidí enfocarme en mi tarea antes de que alguien me viera haciendo poses pendejas parado sobre una alcantarilla abierta de un acueducto que lleva a un hospital en el que está el actual ídolo político de América Latina.  Bajé por una escalera de metal y me detuve.  Miré bien, y con cuidado puse el primer pié en el borde del canal que llevaba los desechos.  La orilla era suficientemente ancha para caminar con cuidado.  No olía tan mal como esperaba.  Me coloqué un tapabocas que tenía perfume.  Caminé - burda - por el acueducto.  Pensé que sería más corto.  Me fastidié de caminar.  Lo de la alcantarilla me había emocionado.  Quería volver a poner mi fuerza a prueba.  No caminar como un pendejo por una cañería intentando no llenarme de mierda. En fin. 

    Gracias a la Virgen, no habían cruces en el acueducto.  Pura linea recta.  No necesité un mapa.  Ni tampoco el chip intra-craneal que me que querían instalar.  Tuve que insistir mucho en que no me lo instalaran.  “Yo no soy una PC”, les grité.  Ya con la inyección era suficiente.  Además, si tuviera que ser un computador, sería una mac.  Pero eso no se los dije.  El chip me permitiría ver en la oscuridad, y descargar mapas digitales en mi cerebro desde una tarjeta de memoria, usando un puerto USB que me quedaría en la nuca.  No.  Ni de vaina.  Me explicaron cómo era la operación y me negué.  Me dio miedo.  Además, ¿qué iba a hacer yo con eso en mi cabeza después de todo esto?  Uno de ellos - de los tipos que me quería instalar el chip - lo tenía instalado, y me lo mostró.  Pelé los ojos.  Boquiabierto. Asco.  Que arrecho.  Asco. No sabía qué sentir al respecto. ¿No te incomoda cuando duermes? “Muy poco, te acostumbras,” dijo.  No le creí.  Se veía muy incómodo.  Y olvídate de cómo afectaría mi capacidad de levantarme a una mujer.  Si ya soy penoso, tener eso en la cabeza me lo pondría más difícil.  Imposible que la sensación de un pedazo de metal incrustado en tu nuca, le guste a una mujer que está acariciándote el pelo.  Al menos que sea una nerd.  Si es una nerd, quizá te quiera descargar vainas en el cerebro usando el puerto USB. 

    Mi linternita fue más que suficiente para caminar todo el acueducto.  Menos mal que no me hizo falta el chip.  No sé qué hubiera pasado si no llevo a cabo bien esta tarea porque no me puse el chip.  No sé qué me harían.  Llegué a otra escalera que subía por una pared del acueducto.  La subí y empujé otra alcantarilla.  Oscuridad absoluta.  Saqué la cabeza un poquito.  Parecía un estacionamiento subterráneo, en el SIMX.   No habían carros.  Si hubiesen, serían como 20 máximo.  No era un estacionamiento grande.  Pero había un eco más o menos fuerte.  Me cagué porque la alcantarilla había hecho bastante ruido y me podrían haber descubierto.  Esperé un minuto completico, parado en la escalera.  Apenas los ojos por arriba del nivel del piso.  Hay que ver lo lento que pasa un minuto cuando uno está cagado.  No vino nadie. 

    Me salí y busqué la salida del estacionamiento.  Había una reja grande que bloqueaba el paso a una rampa para carros.  Supongo que como ya no hay tantos carros en la isla, ya no hacía falta este nivel del estacionamiento y lo clausuraron.  Desde que cayó la Unión Soviética, dejaron de importar carros a la isla.  Aquí nunca los fabricaron.   Los carros que hay, tienen cientos de reparaciones, con repuestos remendados.  De vaina y andan.  Seguí buscando mi salida.  Abrí una puerta de metal que estaba al lado de la reja.  Daba para un cuarto pequeño.  Habían muchas válvulas y tubos. De todos tamaños.  Los tubos salían del piso y entraban en el techo.  O viceversa.  Había una pequeña ventana como a dos metros de altura del piso.  Entraba luz.  Tuve que dar varios brincos, pero la pude abrir poco a poco.  Me colgué del borde, me jalé hasta llegar la barbilla y poder ver hacia afuera.  Me quedé colgado allí esperando a ver si alguien pasaba.  No pasó nadie.  Me impulsé con las piernas trepándome por la pared y, aunque me costó burda - por lo estrecho de la ventana -, logré salirme.  Me habían dicho que tenía que perder algunos kilos para esta tarea, pero no les paré bolas. No hice la dieta que me dijeron.  Supongo que era para asegurarse de que pasara por la ventana.  Igual pasé - ¡ y comí lo que me dio la gana!  Me sentí muy orgulloso de eso.  Mi papá decía que hacer dieta era de maricos.   

    Me quedé agachado en la grama, en cunclillas, como en clases de educación física en el colegio.  La grama estaba húmeda y olía fresquita.  Sabroso.  Habían regado.  Con ése sol que pega aquí, si no riegas la grama, se quema.  No hay nada más agradable que una grama bien cuidada para acostarse y disfrutar cómo se siente el viento fresco.  Mejor si tienes a una bella mujer al lado.  Con sus curvas.  Pechos bellos.  Piernas largas.  Sonrisa perfecta.  Subí la mirada y vi las ventanas del hospital.  No había casi ruido.  Hacia mi derecha, en dirección a la entrada al hospital, percibía algo de actividad a la distancia, seguro que era la gente entrando a cuentagotas. El plan que me dieron estaba funcionando a la perfección.  Nadie me había visto.  Solo tenía que seguirlo al pié de la letra.  Debía apurarme.  Tenía tres minutos para llegar al cuarto de Ch, y aprovechar el cambio de guardia. Me puse de pié.

    Ahora venía lo más difícil.  Tenía que llegar al último piso - el piso 3 - trepándome por la pared del hospital.   Las paredes del hospital eran color crema.  La pintura estaba vieja.  No preví que esto fuera tan difícil.  No le tengo miedo a las alturas, pero tampoco ando trepando edificios o lanzándome de paracaídas.  Intenté concentrarme y dejar el temor de lado.  “Sigue las instrucciones,” me dije.  Abrí mi morral y saqué el sobretodo color crema que me dieron.  Me lo puse lo más rápido que pude.  El sobretodo ayudaría a que no me vieran desde lo lejos pegado a la pared del hospital.  Debajo de cada ventana había un peldaño de concreto que sobresalía como 30 centímetros.  Parecía ser decorativo o para poner plantas, o algo así.  La primera ventana estaba lo suficientemente baja como para saltar y agarrarme del borde de su peldaño.  Brinqué y me sostuve fuertemente.  Jalé y subí la barbilla.  Luego monté un codo.  Luego el otro.  Puse las palmas de las manos sobre el borde.  Empujé hacia abajo y estiré los brazos hasta que mi cadera estaba tocando el peldaño.  La brisa era muy agradable.  Era un día perfecto.  Sin nubes.  Volví a pensar en la mujer de los pechos bellos, las piernas largas y la sonrisa perfecta.  Me estaría viendo desde la grama y admirando mi coordinación y fuerza física.  Casi pierdo el equilibrio.  Apenas estaba a como tres metros del piso, pero igual no me quería caer.  Subí la rodilla derecha, y puse la mano sobre el vidrio de la ventana.  Sonó.  Las cortinas estaban cerradas, pero se podía ver un poco hacia adentro - y hacia afuera.  Gracias a la Virgen, no había nadie en la habitación.   Subí la otra rodilla, me puse de cunclillas de nuevo, y luego de pié con el cuerpo pegadito a la pared.  Subí la vista y allí estaba el siguiente peldaño, como a dos metros y algo.  Escuché como el concreto del peldaño en el que estaba parado comenzaba a quebrarse.  Me recordé de la dieta que tenía que hacer y no hice.  Salté y me agarré del peldaño de la ventana del segundo piso.  Le pedí a la Virgen que no dejara que se rompiera.  Repetí la operación y me puse de pié en el segundo peldaño.  Salté de nuevo y me encaramé hasta estar de pie frente a la ventana del tercer piso.  La abrí y entre lo más silenciosamente posible.  Gracias Virgencita.

    Era una habitación vacía.  Era sobria.  Los muebles eran sencillos.  Como en cualquier otro hospital.  Yo me esperaba más lujo.  Los pacientes que se quedaban en el SIMX podían pagar lujo y quizá hasta lo esperaban.  Crucé la habitación y abrí muy lentamente la puerta , hasta como un centímetro nada más.  Para ver hacia afuera un poquito.  Había un corredor.  La puerta de enfrente era la de la habitación de CH.  No había nadie cerca.   Como a 20 metros a la izquierda había una recepción con enfermeras conversando.  Podía oír sus voces.  Oí la voz de FC también.  Me paralicé.  ¿Será que FC está visitando a CH?  ¿Será que viene hacia acá, hacia la habitación? Se me cagó el plan totalmente.  ¿Será que ya visitó a CH y va de salida? Por favor Papá Dios.  No me jodas así.  Seguía escuchando la voz de FC y el de las enfermeras también.  Me di cuenta de que las enfermeras no se callaban cuando él hablaba.  No puede ser que lo estén interrumpiendo.  Entonces habló otra voz masculina y dijo la hora.  “Coño…, es la radio”, murmuré.  Ok.  De pinga.  Todavía tengo chance.  Me volví a enfocar en lo que tenía que hacer.

    Abrí completamente la puerta, despacio.  Di tres pasos suaves hacia la puerta de enfrente y la abrí lo más cuidadosamente que pude.  Si había gente adentro me hubiera jodido.  Pero le tengo que dar crédito a los que planearon el asunto, porque tal como ellos dijeron, no había nadie. 

    Cerré la puerta, vi a CH en su cama.  Atravesé la habitación y me acerqué a la ventana del cuarto.  Vi los carros y la gente pasando uno a uno las rejas de la entrada.  Pasajeros con las manos sobre el techo de su carro, esperando que los flaquitos terminaran.  Irónico que toda esa gente está allí para una rueda de prensa.  Es la tercera que anuncia el Ministro desde que a CH lo operaron.  Después de instalado todo el sonido, los invitados sentados, bebidos, comidos, habiendo esperado dos o tres horas, anunciaron que en el último momento, CH decidió postergar la rueda de prensa.  Dos veces se los hicieron.  Esta sería la tercera.  Ni se molestaron.  Contentos de estar cerca.  Pendejos. 

    Cerré las cortinas, me volteé hacia CH.  Igualito.  Acostado.  Dormido.  Entubado.  Tranquilo.  Te diría que no sabía en qué estaba pensando, pero te mentiría.  Yo sabía exactamente qué estaba pensando.  Con puntos y señales.  Colores.  Sonidos.  Aromas.  Hasta sabía dónde se quería rascar.  Cuando uno pasa días acostado, sedado, el cuerpo pesa e incomoda.  No lo rasqué.  Me sentí mal por no rascarlo.  No era gran vaina.  A CH le picaba el brazo derecho, arriba del codo, hacia atrás, arriba del tricep.  Le picaba que jode.  Además, el tipo es testarudo y obsesivo.  Aún cuando está inconsciente.  Mientras más le pica, más piensa en que le pica.  Y obvio, eso hace que le pique más.  Me parecía raro tocarlo.  No lo quería tocar.  Que lo toquen las enfermas y su familia.  No yo.

    Yo sabía lo que CH pensaba porque puedo leer lo que cualquier persona está pensando alrededor mío.  Lo que alguien piensa yo lo veo escrito, en texto.  No lo oigo, ni siento lo que él o ella siente.  Yo lo veo transcrito o dibujado.  Por ejemplo, cuando CH pensó en que le picaba el tricep, yo vi un dibujo de su brazo y la frase “me pica” sobre su tricep.  Por eso me asignaron esta tarea.

    Leí la mente de CH por unos minutos.  Tomé nota de sus pensamientos.  Escribí tan rápido que me preocupaba luego no poder entender mi letra.  No podía permanecer allí más.  Llegaría gente en unos segundos. 

    Salí de la habitación.  Me devolví por toda la misma ruta por la que llegué.  Bajé por la pared.  La ventana.  La alcantarilla.  El acueducto.  Nadie me vio.  Cuando salí por la alcantarilla de la calle que está detrás del hospital, la tapé y me fui directo a donde me debía encontrarme con los tipos que me asignaron esta tarea.  Yo no sabía exactamente quienes eran.  Hablaban con el acento de la isla, pero un poquito diferente.  Forzado.  Me parecía que no era su idioma nativo, y que habían aprendido expresamente a hablar el idioma con ése acento.   Además, no eran flaquitos.  Tampoco conocía sus nombres.  Nunca me los dijeron.  Pero como me pagaban tanto, lo dejé de ése tamaño.  Allí estaban, donde acordaron, dos de los cuatro tipos que había conocido durante el entrenamiento y lo del chip.

       
    LLegué.  Estaba un poco agitado.
    “Cálmate, vamos a tomarnos algo,” me dijo uno. 
    “Ok”. Caminamos unos metros hasta un restaurante. Pedimos tres cervezas. Le di mis notas.

    Los dos examinaron las notas, pasaron algunas de las páginas.
    “No entiendo lo que escribiste. Léemelo”
    “¿Aquí mismo?,” le pregunté.
    “Sí, aquí mismo,” me dijo tranquilo.  Como si hablar sobre los pensamientos del líder de la revolución en público, mientras él está inconsciente, entubado y medicado en un hospital, fuera absolutamente ordinario, cualquier vaina. 

    Le leí mis notas.  Ellos tomaron las suyas mientras escuchaban.  Cuando terminé de leer mis notas, me di cuenta de la magnitud de la cagada que había puesto.

    • hace 4 meses
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